Categoría: Blog

  • Mayo, mes de la salud mental

    Mayo, mes de la salud mental

    Quiero retomar la escritura con un tema que me estuvo dando vueltas por semanas pero no estaba segura de cómo plasmar aquí porque pienso que debe ser abordado de forma adecuada, idealmente por un profesional de la salud, pero debido que Mayo es el mes de la concientización de la salud mental quise dejar esta nota, que más que una guía o una entrada médica es la narración de una experiencia personal que puede servirle, al menos, a una persona en el mundo.

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  • El malsano vicio de compararnos

    El malsano vicio de compararnos

    La famosa frase: The grass is (always) greener (on the other side), explica muy bien la tendencia de los seres humanos a mirar la vida de los demás y creer que es mejor que la nuestra, cuando en realidad, no sabemos qué pasa del otro lado de la valla y cómo logra nuestro vecino tener tan bello aquel jardín. Seguramente, muchas de sus flores tienen espinas.

    Por otro lado, se ha dicho también que, la comparación es el ladrón de la felicidad. Cuando vemos la vida de las demás personas a través de nuestras carencias, nuestros deseos, nuestro ego, ese afán de «estar al mismo nivel», incluso mejor, enfocamos la atención en lo que nos falta, en lugar de aquello con lo que ya fuimos dotados. Perdemos el tiempo dejando pasar lo bello que ya hay en nuestra vida, al enfocarnos en nuestros vacíos e ilusiones incumplidas, en lugar de perseguir nuestros propios sueños y agradecer por nuestras propias fortunas, que, cuando removemos el velo de los ojos, nos damos cuenta lo enorme que son.

    Compararnos es un acto natural como seres sociales, buscamos pertenecer y cuando no lucimos como los demás, brota en nuestro interior el temor al rechazo, a la perdida de prestigio o a ser desplazados de nuestro lugar en la escalera social. Se hacen latentes los temores más primarios. Todo esto tiene una explicación mucho más sofisticada, sin embargo aquí nos conformaremos con este muy breve resumen.

    La sociedad nos enseñó que para los veinte debemos vernos de cierta manera, para los treinta ser y tener cual o tal cosa, para los cuarenta deberías estar resuelto y con una familia, a los cincuenta disfrutando de los frutos del arduo trabajo de tus mejores años, a los sesenta abrazando y besando nietos, con suerte retirado, pensionado o jubilado, en una playa paradisiaca, gozando de las mieles de décadas de ahorros y rendimiento de inversiones. Para los setenta u ochenta, tu vida, si es que aun no se ha apagado, debería ser tranquila y sosegada. Desde que nacimos nos empujaron a una carrera por tener y alcanzar. Lo lindo es que nuestras generaciones, y las que vienen detrás se están replanteando qué es realmente ser feliz y estamos cambiando esquemas.

    Una vida dichosa y completa, un ser humano realizado y satisfecho no luce del mismo modo para todos. Hay un entendimiento de la felicidad como personas en el mundo. Y ¡no!, no existe un solo modelo de éxito hoy día. Es la autenticidad la que determina qué te hace feliz, qué te hace pleno, a qué dedicas tu tiempo y energía, en donde está tu verdadera realización, qué te llena el alma.

    Cuando queremos encajar nuestra vida en el molde que nos dieron años atrás, duele. No estamos hechos para caber todos en el mismo molde. Si logramos entrar, quizá nos mantendremos allí por unos buenos años, a precio de dolor de piel, rasguños y fluir con torpeza porque sencillamente no nos queda, nos aprieta, no encajamos… hasta que rompemos el molde.

    Debemos aprender a celebrarnos mutuamente, a alegrarnos de la vida de aquellos que nos rodean, sus logros, sus proyectos, sus anhelos, aplaudir su decisión por trazar su propia ruta, y si es necesario, ayudarles a alcanzar esos sueños, sin sentirnos obligados a seguir el mismo, o un camino similar.

    La tarea es abrirnos a la gratitud, eso es lo que atrae abundancia, abundancia en la definición propia. Tender la mano y ser arquitectos de sueños. Dejar el malsano vicio de compararnos y decidirnos a seguir nuestro propio significado de felicidad y éxito sin importar lo que la sociedad nos fuerza a alcanzar.

    Si quieres ser músico, escritor, viajar por el mundo, tener o no tener hijos, ser emprendedor de un pequeño negocio, o vicepresidente en una gran empresa. Quieres comprar una casa frente al mar, o prefieres viajar por el mundo y dormir en hostales multiculturales. Practicar yoga cada mañana, casarte o vivir solo. Correr una maratón o ver películas todo el fin de semana. Vestirte con Gucci y Prada o salir con un tshirt blanco sin marca y los mismos Converse que llevabas a la universidad. Cargar el último iPhone o gastar el dinero en libros. Invertir en la bolsa, bitcoin, ser asociado de una creciente startup… lo que sea, esta lista podría ser interminable. La cuestión es, decide tu camino, tus formas, y sé feliz. Deja de compararte y avanza con seguridad hacia tus sueños.

  • Ausencia

    Ausencia

    ¿Cómo puede un sentimiento ser tan dual?

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  • Salvador

    Salvador

    Desde muy temprana edad conocí la crueldad y el abandono, pero también la misericordia y el amor incondicional. Aprendí que la vida te resulta buena o mala dependiendo del tipo de personas con las que te topas en ella, más si, al igual que yo, dependes de otros para subsistir.

    Hoy quiero contarles mi historia, no para despertar lastima sino para que los buenos que la lean, entiendan que en sus manos albergan una oportunidad de cambiar vidas y regalar felicidad; esa bondad no puede esperar nada a cambio, porque a seres como yo, no se les puede exigir mucho.

    Nací al sur de Colombia, en un pueblo que muchos quizá no sabrán ubicar en el mapa. En un cuarto oscuro y maloliente, en muy malas condiciones de salud, en el suelo, en cartones, a la suerte. Mi madre era rehén de una guerrillera, que según me cuentan, informantes del pueblo delataron. Ella huyó saltando por la ventana trasera del edificio sin repellar, dejándonos a mi madre y a mi, solas, desamparadas.

    Si escapó o la atraparon luego no lo sé, eso no me lo contaron. Sé que los soldados nos tomaron a mi madre y a mi, nos llevaron a su base. Nos separaron, a mi me cuidaba otro grupo y de vez en cuando me llevaban con ella para que me amamantara. Probablemente era sospechosa de algo, o la creían enferma, se veía muy demacrada. Sé que la alimentaban porque con el paso de los días ambas nos veíamos más repuestas, con mejor semblante.

    Llegó información a la guardia que tenerme con ellos ya no sería posible. Mi madre perdería mi custodia, y sería procesada en algún centro especializado; a mi, entonces, debían llevarme a un hogar, un sitio de esos donde nos dejan a la providencia divina hasta que alguien se digne a adoptarnos. Donde a veces, a la gente solo le gusta verte con lastima o morbo, pero no hacen nada por darte una vida mejor.

    El soldado, que estaba pronto a salir trasladado a una nueva base, se arriesgó encubierto por algunos compañeros a tenerme unos días en su camarote, y declaró haberme entregado a la institución que esperaba por mi. Nadie preguntó más nada. Los cómplices, arriesgando igual su pellejo, miraron para otro lado.

    Yo pasaba los días enteros encerrada en el camarote. Él daba una vuelta en su tiempo libre o hacía rondas rápidas escapándose de su jornada para asegurarse que estaba bien. Me daba comida, me limpiaba, me dejaba música, un poco para tranquilizarme, un poco para disimular si se me ocurría hacer algún ruido que hiciera sospechar a sus vecinos de alojamiento. En los noches, me abrazaba a él, aprendí a dormir acurrucada a su lado, o sobre su pecho desnudo.

    No imaginas, hasta que creces y entiendes, tanta humanidad en un hombre que, en apariencia fuerte y rudo, pueda tener un alma tan noble, que alberga tanto cariño y dulzura.

    Pasaron varias semanas, era el día de salir de la selva. Me metió entre unas mantas, buscando la forma de poder pasar los controles. Tuvo que hacer algunos tramites en el aeropuerto para lograr mi embarque. Alegó perdida de documentos. Nadie hizo mucho caso. ¿Cómo dudar de un militar? y, ¿Cómo hacerlo en un pueblo tan pequeño donde todos habrían sabido que la criatura no era suya? De todos modos, los demás papeles estaban en regla, exámenes médicos y vacunas. Nada estaba fuera de orden.

    Volamos. A pesar de esperarnos, no disminuía el asombro de saberlo volviendo a casa con semejante huésped. «¿Qué harían? ¿Dónde dormiría? ¿Se quedará con nosotros? ¿Cuánto tiempo? Es una responsabilidad muy grande. ¿Cómo se te ocurre traer semejante carga ahora que estamos viejos?» Alegaban sus padres. Debía quedarse ahora con ellos, pues era imposible entrar con ella a los alojamientos de la nueva base, la seguridad era mayor; además ella crecería y demandaría otras atenciones.

    Tranquilo, despreocupado, como si supiera que al ver sus dulces ojos, sus pequeñas manitas, la forma como sonreía, quedarían flechados de inmediato con su dulzura. Si, estaba consiente que era diferente, que costaría unos meses acostumbrarse a su presencia, reconstruir su rutina, pero, la satisfacción de haber salvado su vida, no disminuía. «Verán que se enamoran», decía.

    Cuando entró por la puerta del pequeño apartamento sus padres, aun incrédulos, lo recibían con amor. Había estado cerca de dos años en la selva, siempre con el corazón en la mano. Que trajera con él a esta criatura, que habría que hacer ahora parte de la familia, era el menor de los problemas, pero, ¿Cómo explicarían su presencia?

    En pocos meses, la criatura creció fuerte y sana, se ganó el cariño de todos en casa, y ha sido una bendición porque representó para los viejos una compañía que disminuye la nostalgia del nido vacío. Es increíble ver a la abuela acariciarla, ponerla en sus piernas, hacerle mimos y hablarle con ternura. El abuelo, se hace el duro, pero le encanta también verla revolotear por la casa, y se ríe de sus travesuras.

    El soldado no se arrepiente de haberla tomado como propia. Se robó su cariño y el de toda la familia. Hoy es una niña feliz, que ronronea todavía en su pecho por la tardes, cuando el tiende su uniforme y se acuesta tranquilo a descansar de su jornada.

    *** Por un mundo con más mascotas en casa ***

    Dedicado a Venus. La gatita que nos robo el corazón.

  • Ejercicios de escritura #8: Día cero

    Ejercicios de escritura #8: Día cero

    En cubierta del Almirante Padilla, una de las fragatas insignia de la Armada Nacional, con su casco gris reluciente, bajo un sol abrasador y animados por las sirenas de otras embarcaciones en la bahía, desfilan con sus trajes negros de neopreno, erguidos frente a toda la cúpula de almirantes, ministros y el presidente, veintisiete buzos listos para zarpar en una muy ambiciosa misión en favor del patrimonio cultural. Con el guiño de la UNESCO y varias otras organizaciones, más allá de los miles de millones de dólares que representa el botín y las consecuentes regalías, parecen todos desear convertirse en redentores de la historia.

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  • Ejercicios de escritura #7: Herejía

    Ejercicios de escritura #7: Herejía

    Era el cuarto domingo que no iba a Misa con su mujer, alegando que había mucho que hacer en el puerto. El cielo estaba despejado, con el sol puesto en ese punto donde desaparecen las sombras. Su frente empapada en sudor brillaba mientras caminaba de regreso por la Boca del Puente cuando el reloj marcaba las doce con veintitrés.

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  • Ejercicios de escritura #6: Sand City

    Ejercicios de escritura #6: Sand City

    2045. Desde la última pandemia, veinticinco años atrás, los seres humanos no han dejado de usar máscaras para respirar; el virus mutó sin control haciendo imposible la creación de una vacuna que garantizara verdadera inmunidad.

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  • Ejercicios de escritura #5: Neró

    Ejercicios de escritura #5: Neró

    Mi nombre es Wichi, mensajero de la tribu Dugor, a quien se le ha encargado avisarle a Monwi, que el brebaje que han dado a beber a su marido resultó en la muerte, y para anular la maldición y prolongar su estirpe, debe subir al monte Gena su ultimo descendiente antes del primer rayo de sol.

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  • Ejercicios de escritura #4: Despedida

    Ejercicios de escritura #4: Despedida

    Tres días marcaron mi infancia. Tres días que me enseñaron, a muy temprana edad, que la vida es injusta, cruel y pasajera.

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