Cuando empieza la puesta de sol, se le ve salir de espaldas de la casita del árbol. Es de techo rojo con manchas verde, azul y amarillo. Corre entre los árboles, toca con las manos las hojas de las plantas bajas que encuentra a su paso, y la grama seca, porque es verano, cruje a cada pisada. Se escuchan aves cantar, ese canto que empieza a dar la bienvenida a la noche. Ella corre, el vestido se infla por la brisa que se cuela entre sus piernas. Trae las manos sucias de pintura, entre las uñas, entre los dedos. Va sonriendo. Su mejilla está también manchada, como si se hubiese pasado la mano sin recordar.
Grita, avisando que está cerca, cuando a lo lejos se divisa una casa.
Se apoya en la gruesa y áspera madera de una puerta tipo potrero; toma aire, se coloca las manos sobre las rodillas y agacha la cabeza, respira: toma una, dos, tres bocanadas de aire, se limpia de la frente y el arco de cupido algunas gotitas brillantes de sudor y vuelve a mancharse. Mueve el cerrojo, empuja la puerta y la deja abierta a su paso. Camina por un empedrado precioso, con hortensias, que ya van perdiendo su frescura y color, pero aún lucen hermosas. Ladra un perro que se acerca emocionado moviendo la cola, le salta encima, pone las patas en su pecho y la tumba, le lame el rostro, ella ríe y enchina los ojos feliz. Se libera empujándolo suavemente. Se levanta, se sacude el vestido y retorna al empedrado.
Cuando llega a la puerta de la casa, grita :»¡ya llegué!», nadie responde. Camina hacia la cocina, abre la nevera, como queriéndose meter en ella, se deja abrazar por el aire fresco, casi posa la cara entre las frutas y los quesos, saca una caja de leche, cierra la puerta. Abre la alacena, empinándose ligeramente pues no es muy alta, toma un plato hondo azul con bordecito dorado, cierra la alacena y aprovecha para sacarse los zapatos, primero un pie y luego el otro, sin usar las manos, la punta de un pie con el posterior del otro, los dedos desnudos con el otro zapato. Alcanza una caja de cereal de aritos de colores. Sirve cereal, amarillos, naranjas, morados. Y sirve leche. Saca una cucharita de la gaveta más cercana. (Cucharita porque solo le caben 7 aritos de cereal). Deja la leche olvidada en la encimera. Sube las escaleras, entra a una habitación llena de libros, pilas de libros, casi todos de arte, arquitectura, historia del arte, hay libros gordos con pasta dura de Van Gogh, Picasso, Velázquez, Salvador Dalí, Da Vinci, Monet, Whistler. Muchos, demasiados, por todos lados, y un escritorio en el centro, de madera gruesa, pesado. “¡Qué desorden, debo organizar este desastre!”, dice. Sale de la habitación y cruza a una sala de estar, baja la aguja de un viejo tocadiscos y una melodía georgiana muy tranquila invade el espacio, toma de un seibó una fotografía en sepia de una mujer sonriente con pómulos marcados, de cabellos rizados y ojos encendidos por una pasión indescriptible. “Ya casi termino, ya casi lo logramos y espero que puedas sentirte orgullosa de mí”, susurra.
Come el resto del cereal, le sobra leche, apoya el plato en una mesita de tres patas delgadas y altas, se recuesta en un sillón Luis XV reformado y se queda dormida.
En la casita del arbol, reposa sobre un enorme bastidor un óleo casi terminado, una mujer sentada, erguida, a medio lado mirando a la nada, con un largo vestido negro profundo, guantes y mantilla blanca. Una obra de negros y grises, y en la parte baja se lee Ana Matilda.
Indicación: Escribir un texto breve con narrador impersonal.

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