Etiqueta: escritura creativa

  • ¿Quien eres? Soy

    ¿Quien eres? Soy

    Soy la niña que iba en el vientre de mi madre
    cuando mi papá decidió que era mejor irse de casa de los abuelos.
    Soy ella detrás de él para ser una familia.

    Soy su alegría en diciembre,
    la muñeca de verdad que mi mamá no tuvo que compartir,
    la muñeca que compró mi papá para pensar en mi cuando se iba de viaje,
    y que creo, fue la única que tuve en toda mi vida.

    Soy la primera hija de mi madre,
    y la segunda de mi padre,
    aunque no lo supe hasta mis 24.
    Soy hermana, sobrina, prima,
    sobre todo soy hija, y quizá algún día madre,
    pero estoy segura, que si ese titulo llegase, nunca seré tan buena como la mía.

    Soy los cuentos que me contaron de niña.
    Mis ojos negros y torcidos,
    los rizos que mamá intentó peinar
    pero después yo aprendí a amar.

    Soy los juegos de futbol con mis vecinos,
    la rebeldía en la adolescencia de no bailar en el acto cultural de fin de año en la escuela.
    Soy mi miedo a las clases de inglés y
    la curiosidad en química y matemáticas.
    Soy mi primer beso tardío,
    el de verdad, porque no cuentan las tonteras de niña.

    Soy la música que escucho, la guitarra que no aprendí a tocar,
    las canciones que entono cuando estoy feliz, y también las de los días tristes.
    Soy las cartas que escribía para pedir perdón cuando me enojaba,
    porque se me hace siempre un nudo en la garganta cuando me hago vulnerable.

    Soy mis sueños, mis ganas de salir de casa,
    un viaje al exterior que me amplió el horizonte,
    soy mis ganas de ganarme la vida por mí misma,
    soy el país que hoy me cobija y el esposo que me abraza en las mañanas,
    soy el café que me tomo en mi balcón y
    la brisa que sopla por las tardes.

    Soy lo que la vida y el tiempo han ido haciendo de mi
    soy la suma de las personas lindas que habitan mi existencia,
    soy más que un nombre, una nacionalidad, una profesión,
    «¿Quién soy?»
    Esa una pregunta difícil de responder, porque
    cada día soy la misma, pero una diferente,
    y si soy algo hoy, fijo, estático,
    me cierro a la posibilidad de ser algo nuevo mañana.

  • Mi vecinita

    Mi vecinita

    Creo que nunca se me había muerto un familiar cercano, o al menos así lo recuerdo.

    Mi conciencia de la muerte era nula.

    Eso de que llega un día y se lleva a un ser querido no estaba aún en mi entendimiento.

    El día que la hija de la señora Piedad murió, mi vida, o la forma de entenderla, cambió.

    Ella era una niña grande. No era que jugásemos con ella, o fuese su amiga, pero la conocíamos, la veíamos por el balcón y la saludábamos a veces.

    No sé por qué, pero fui a su funeral.

    No recuerdo cuantos años tenía yo para ese tiempo, es algo borroso.

    Yo nunca había visto un ataúd.

    Nunca había visto como es que volvemos a la tierra.

    Nunca había escuchado cómo llora la gente, cuando a quien ama muere.

    Recuerdo que era de día, el sol estaba fuerte. Hacia mucho calor. Y casi todos iban de negro.

    ¿Cómo es eso que morimos y ya no existimos más?

    Recuerdo que no dormí bien las noches siguientes.

    Me despertaba sobresaltada, asustada, porque ya entendía que, como a ella, yo o los que amo, llega un día en que ya no somos más.

    Te apagas, la muerte te lleva a otro lugar.

  • Gusto

    Gusto

    Hay sabores que se estampan en el recuerdo. Recuerdos que se activan y te hacen agua la boca.

    Ir a la casa de mi abuela Olga en Barranquilla, uno que otro fin de semana siendo niña, fue en una época una experiencia maravillosa.

    Yo sabía – en esos años que mi abuela aún entraba a la cocina – que iba a recibirnos con una olla, reciben bajada de la hornilla, llena de su delicioso arroz con leche.

    Humeante aun.

    Cremoso.

    Dulce.

    Con rajaduras de canela y uvitas pasas.

    Al pasar la sala, ella decía emocionada, «miren, les hice arroz con leche».

    Nos servía una taza, y la comíamos entera en una de sus mecedoras de madera oscura y mimbre frente al abanico, en ese calor pegajoso de la tierra caliente y resolviendo los acertijos que mi abuelo había coleccionado entre esta y la última visita.

    Nos lamíamos la cuchara, como queriendo arrancarle el dulce al metal y siempre queríamos más, pero había que dejar para los otros días.

    El arroz con leche de mi abuela, aunque me enseñó la receta, nunca, nunca me queda igual.