Hay aprendizajes en la vida que solo pueden adquirirse a base de experiencia. Sólo quien ha tenido que cargar en una maleta algo de ropa y sus sueños sabe lo que implica inmigrar. Es todo menos parecido a irse de vacaciones y nada tiene que ver con un viaje de placer, pero si es toda una aventura.
Es tomar un avión, un barco o un tren para establecerte sin certezas en un país que te recibe, pero no sabes que tiene preparado para ti. Salir de casa sin fecha de retorno. Despedirte de quienes amas, confiando que pronto volverás a verlos.
Algunas historias son realmente dolorosas, porque el movimiento es extremadamente forzado por la pobreza, por regímenes autoritarios instaurados que parecen nunca acabar, por la guerra y el conflicto, por el desempleo, la falta de oportunidades y la esperanza de un mejor futuro. Cualquiera sea la razón que ha lanzado a muchos fuera de su patria, migrar es más que la definición de la RAE y requiere más que “5 consejos al moverte a otro país”, esos blogs que solo hablan del clima, te enseñan cómo ahorrar dinero o qué documentos necesitas para la visa.
Las lecciones se aprenden en el camino. Hay dolor, miedo, nostalgia, pero también hay agradecimiento y victorias.
Hoy quiero compartirles algunas de las cosas que se vienen a mi mente al pensar en estos cinco años fuera de mi patria. Patria, leí en algún libro, es el lugar donde están tus muertos la gente que uno ama. No importa si estás a una o veinte horas de distancia, patria es donde está tu corazón.
Recuerdo con exactitud el día y la hora del adiós. Haya sido alegre o desgarradora la despedida, eso es lo primero que tenemos en común. Jueves, 23 de abril de 2015, en un vuelo de Copa Airlines con destino a la bella Panamá. Si, fue un viaje corto, no tuve que subir a un container ni cruzar el Atlántico, ni hacer horas eternas de vuelo, no hubo escalas, ni noches en vela, pero explíquele eso al corazón que se desprende de sus seres amados. Antes de partir nadie nos habla de la despedida. Nadie nos explica qué se siente vivir sin sus abrazos. Vivir siendo el nuevo, el extraño. Vivir en silencio y observando. Aprendiendo que está bien o mal visto en esa nueva cultura. Qué puedes decir y que no. Hasta los gestos. Piensa que algunos se van a países con idiomas distintos y climas extremos. Yo, a pesar de todo, me sentía cómoda, parecía poder acostumbrarme fácilmente. Cada día te vas acoplando al nuevo hogar.
Emigrar es aprender a lidiar con los estereotipos y prejuicios de tu nación. Es cargar a cuestas la imagen de un país, lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo. Ahh Colombia, ah sí, aquí hay bastantes colombianos; jum, ¿colombiana?; ehh pero no pareces colombiana, no tienes acento – porque no es de asombrar que solo distingan el acento paisa – Ayy, si Colombia, la de Escobar y Narcos, la del Acuerdo de Paz, la de la droga, la de Betty la Fea (que por cierto, la estoy viendo en Netflix) y Sofía Vergara; la de las prepago, la de Garcia Márquez, Shakira y Carlos Vives; la Colombia del vivo vive del bobo, la de los maleantes, las guerrillas y la inseguridad. Y así, cada nacionalidad tiene los suyos. Con el tiempo, vamos probando que somos más que estereotipos y etiquetas impuestas.
Emigrar es ganarse un lugar en la fuerza de trabajo, en las escuelas y universidades. En los sistemas de salud, en el metro, en la fila del banco. De igual a igual. Es demostrar que asumimos nuestra estadía como un juego ganar-ganar: queremos aportar al país y crecer nosotros. Trabajar en el extranjero es probar nuestras capacidades, mostrar que no se nos regala nada. Es lidiar con cuchicheos de pasillo de “vienen aquí es a quitarnos el trabajo”.
Es conocer a nadie y pertenecer a nada. Es no tener a quien pedirle un favor o llamar en caso de emergencia. Es contar contigo mismo en las dificultades. Cruzar dedos para que no te agarre una apendicitis o un cólico fuerte, y si le toca, pues agárrese usted mismo, arranque a un hospital y pase la noche solo. Emigrar es intentar hacer amigos, buscar grupos a los que integrarse para crear una red de contactos y compartir afinidades y ahí, de a poco, sumergirte a la sociedad. Es pedirle a Dios te cruce en el camino a personas buenas, porque no falta, eso sí, quien quiere aprovecharse de la buena fe. Inevitablemente, quienes se van ganando tu afecto son tus compañeros de trabajo, de 8 horas al día algo bueno, más allá del día de pago, tenía que quedar, ¿no? … Algunos llegan a ser grandes amigos.
Emigrar es pararse en una tierra y tirar raíces medianamente profundas, porque en un rincón del corazón guardamos la esperanza de volver a casa. Pero volver, conforme pasan los años se hace complicado. Algunos pensarán que es simple regresar. Sin embargo, ocurre que después de un tiempo guardas cariño y gratitud por el país que te adoptó, por lo que eres y has construido. Volver es empezar de cero. Es migrar otra vez. Desacomodarme, replantear el rumbo. Enfrentar la incertidumbre, sobre todo en nuestros países con economías tan tambaleantes en donde si tienes suerte, después de años de experiencia profesional y preparación, osan ofrecerte y siendo bondadosos, por ahí unos 3 millones de sueldo.
Inmigrante es una palabra que me cruzo todos los días. Es la realidad de mi vida. Y no soy especial por esto. No es un fenómeno nuevo, pero hace falta que muchos aún lo entiendan. Migrar está en nuestro ADN. Y el mundo se mueve y somos lo que somos porque hubo, antes que nosotros, familias que tuvieron el coraje de dejar sus tierras porque su vida estaba en riesgo para poner la vista en un mañana promisorio. Busca, y encontrarás, en la historia de tus antecesores, un relato de migrante.
Pero no todo es tortuoso.
En estos cinco años, he conocido personas maravillosas y descubierto destinos que no necesitan filtros. He aprendido resiliencia, fortaleza y perseverancia. Valoro más a mi familia y todo lo que mis padres han hecho por mí. Conocí a mi amor – eso si suena muy cursi – pero bueno, también es parte de la historia.
A todas las personas que han estado en este camino, a todo lo que este país me ha ofrecido, al aprendizaje y crecimiento adquiridos, por eso estoy infinitamente agradecida.
Por los que no han sido tan gentiles ni se muestran comprensivos porque no han tenido que vivir de cerca historias de destierro o partida, piensen dos veces antes de denigrar, insultar o herir.
A quienes, como yo, han abierto sus alas, han puesto la mirada al norte y tenido la valentía de dejarlo todo para hacerse una vida fuera de casa, a esos mi completa empatía.
Para los que siendo extranjeros se atreven a criticar, burlarse, menospreciar, destrozar y ofender al país que les tendió la mano, por esos pido excusas, porque son una vergüenza.
Y para aquellos que no tuvieron opciones porque fueron arrastrados inhumanamente, muchos de ellos bajo riesgo e ilegalidad, mi admiración a su entereza y completo respeto.
Hay que ir más allá de lo que se ve con los ojos. Hay personas que cargan a cuesta historias de bombardeos, tortura, refugio, rechazo, odio, xenofobia, dramas. El mundo está lleno de testimonios, siglos, milenios enteros. ¿Por qué te asombras al ver a otro que no lleve tu misma bandera, sea tu vecino o tu compañero de trabajo?
- 810 personas murieron en 2019 mientras intentaban cruzar desiertos, ríos o áreas remotas. No es natural ni tolerable morir así.
- Se estima que aprox. 6.5M de venezolanos habrán salido de su país a finales de 2020. No es porque han querido, es porque les ha tocado. Piensa en qué harías si tu país viviera una situación similar.
Dedicado a mis amigos 1) inmigrantes que tienen su propia historia y a los 2) panameños extraordinarios que han abierto sus brazos e intentan hacernos sentir como en casa.

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