Hay sabores que se estampan en el recuerdo. Recuerdos que se activan y te hacen agua la boca.
Ir a la casa de mi abuela Olga en Barranquilla, uno que otro fin de semana siendo niña, fue en una época una experiencia maravillosa.
Yo sabía – en esos años que mi abuela aún entraba a la cocina – que iba a recibirnos con una olla, reciben bajada de la hornilla, llena de su delicioso arroz con leche.
Humeante aun.
Cremoso.
Dulce.
Con rajaduras de canela y uvitas pasas.
Al pasar la sala, ella decía emocionada, «miren, les hice arroz con leche».
Nos servía una taza, y la comíamos entera en una de sus mecedoras de madera oscura y mimbre frente al abanico, en ese calor pegajoso de la tierra caliente y resolviendo los acertijos que mi abuelo había coleccionado entre esta y la última visita.
Nos lamíamos la cuchara, como queriendo arrancarle el dulce al metal y siempre queríamos más, pero había que dejar para los otros días.
El arroz con leche de mi abuela, aunque me enseñó la receta, nunca, nunca me queda igual.








